Muchas gracias, profe

Mimy. Madrid/Valencia, agosto de 2015.

Me gustaría hablaros de cómo ha ido mi experiencia como profe interina, aparte de hacerlo por querer contribuir a esta causa que entre todos podemos sacar adelante, quisiera también sacarlo a la luz en muestra de agradecimiento a aquellas personas que me ayudaron a lograr salir del paso… Mis niños y sus familias.

Voy a hablar de un curso en concreto por ser el que más me ha marcado, ya que los anteriores fueron sustituciones tan cortas como profesora de apoyo que apenas me pude enterar. Voy a hablaros de una vacante por jubilación (una plaza vamos) que yo cubrí como sustitución porque como ya sabéis así están las cosas. Mi primera tutoría.

Aquel día entré en la que sería durante los próximos 8 meses mi aula. Llena de 22 niños de 4 años muy nerviosos porque su profe de siempre se iba después del mes de septiembre y les dejaba con una completa desconocida. Así, de golpe, un clavo sacó al otro.

Mis niños me acogieron como solo saben hacerlo los niños, con toda la confianza, sonrisas, cariño y alegría del mundo. Me hicieron muchísimas preguntas sobre mi persona, a las que yo respondí con total sinceridad, les hablé de mi vida personal, compartí con ellos a mis tres hijos y mis viajes de una hora en coche alejándome de ellos para poder estar con mis otros 22 niños. Les conté que mis bebés lloraban al dejarlos y que aún tomaban pecho, desde aquel día se convirtieron en mis mejores amigos… y menos mal, porque lo iba a necesitar.

Resultó que mi compi de nivel, funcionaria desde hacía 6 años que se había sacado la plaza a la primera, estaba demasiado acostumbrada a trabajar con mi predecesora, y por lo visto, mi predecesora y yo no teníamos mucho que ver. Así que no empezamos con muy buen pie. Sin embargo, el hecho de que yo era la interina me convertía en un ser inferior y con muchísima desventaja, ya que yo no tenía material en el que apoyarme en un centro donde trabajaban por proyectos, en un aula vacía, desnuda salvo por las pinturas, donde ni radiocasete había cuando yo llegué.

En consecuencia, tuve que agachar las orejas y claudicar. Tuve que decir que sí a todo lo que ella decía, tanto en lo referente al trabajo como incluso al trato con mis niños y sus familias, ya que al tener una puerta con ventana separando las clases, se pasaba el tiempo husmeando por ella para ver si la inútil de la interina no metía la gamba.

Procuré que eso cambiase gradualmente, seguí tragando con la metodología del centro, con la cual no estaba para nada conforme pero ser interina es así, son lentejas que comes o dejas porque tú has llegado allí de prestado y nadie te dejará jamás cambiar las cosas. Pero al menos logré hacerme un mini sitio en mi aula con mis niños y sus familias, mis confidentes. Aquellos a los que de vez en cuando dejaba comerse una chuche por sus cumpleaños a sabiendas de que me caería una buena reprimenda.

Los días fueron muy duros, tenía que llegar a un aula donde no podía seguir el ritmo ya que mi compañera podía permitirse entrar una hora antes y salir dos después, y seguír trabajando en casa hasta las 2:00 de la mañana. Yo tenía dos bebés mellizos y una niña de 4 años, hacía lo imposible en casa pero la vida no me alcanzaba a aquellas expectativas que se esperaban de mi, y me reventé. Mi espalda, mi sistema inmunitario… toda yo estaba destrozada, pero seguí, y ya solo había una razón para no mandarlo todo al carajo ¿sabéis quiénes eran verdad? No podía dejarlos.

El estado de nervios que alcancé hizo que cada día que iba a trabajar se convirtiese en una pesadilla, mi compañera no me quería, y tengo la impresión de que se encargó de hablar no muy bien de mi con el resto porque no pude hacer migas con nadie, salvo con otra interina recién llegada que me decía que eso era lo normal en todas partes, funcionarios vs interinos. Yo no lo entendía.

Tuve un muy mal día en el que yendo en coche al trabajo sufrí un fortísimo ataque de ansiedad, me temblaban piernas y brazos, no podía ver bien y casi perdí el control sobre el volante. Dí la vuelta derecha al hospital y allí me dieron una baja de una semana que se prolongó durante tres. Podéis imaginaros la cara de mi compañera cuando volví, ejem.

Pensé que las cosas se suavizarían después de aquello pero no, al contrario. Todo fue a peor. Llegó una chica de prácticas y por lo visto era costumbre en el centro que estuviese una semana con la clase A y otra semana con la clase B. Bueno, adivinad cuantas veces pisó mi clase. Eso me hizo tener que llevar al día sola en mi aula el trabajo de dos personas en el aula contigua. Y no me quejo en absoluto del equipo directivo, puesto que eran maravillosas personas, pero yo no quería aburrirlas con más problemas de los que ya había dado con mi baja, así que no dije nada y tiré.

Y en cada mal paso, en cada mal trago, en cada bronca o en cada silencio, estaban ellos, mis salvadores, aquellos ángeles que cada vez que me veían se me echaban a los brazos y me comían a besos ¿tan mal lo hacía? Que me contaban todos sus miedos y alegrías, que me buscaban cada vez que se hacían daño o tenían algo increíble que contar. Mis niños, sin los cuales no habría podido soportar aquel maldito año.

Padecí mucho, contracturas de espalda que me hacía yo sola mientras dormía por la ansiedad, ataques de pánico en casa cada domingo, ganglios inflamados, rabia por saber que en numerosísimas ocasiones yo sabía más que aquella mujer que nunca había salido de ese colegio y no tenía ni idea de lo que hay alrededor, las metodologías muchísimo más efectivas y respetuosas para el niño, muy diferentes a la ancestral que consiste en hacerlos trabajar como en una explotación solo para que lleven una burrada de trabajos a casa y dejar a los papás boquiabiertos, aunque no aprendan nada. Sufrí de verdad, y me sentí fracasada, me sentí un trapo, pensé que no valía para aquel trabajo. Pero eso cambió el día en el que nos despedimos, día en el que las familias de mis niños me dieron la guinda que endulzó todo aquel amargo año ¡UNA SORPRESA! Me hicieron un regalo tan bonito que estará siempre colgado en mi pared, pues me daban las gracias por haber estado a su lado. Y de pronto todo mi sufrimiento cobró sentido.

Aquello, como comprenderéis, fue lo más grande que pudieron hacer por mi. Ya que me hicieron volver a creer en mi misma, y por ello les estaré eternamente agradecida, aparte de amarlos como a ningunos porque fue mi primera tutoría, y eso la convirtió en muy muy especial. De no haber sido por mis niños quizá habría desistido, ya que, cuando todos te hacen sentir una mala profesional, al final puedes terminar creyéndote que lo eres.

No lo permitáis jamás.

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