Todo lo que he dejado de vivir a cambio de un suspenso

Anónimo, España, julio de 2015

Evidentemente no quiero dar mi nombre ni mi procedencia, más que nada para poder soltarme y contar sin rubor todo lo que he vivido y he sentido en estos últimos meses de vida sin mí. Hoy, 29 de julio, aún lamo heridas y sigo sin creer en ¿“mí”?… (mentira, no es mío, me lo han colgado encima, yo me desentiendo de él), digamos en “el” suspenso que me han encalomado en la parte de programación y unidad sin merecerlo, quizá porque no le he caído bien al selecto tribunal, suerte o porque cuando expuse era muy tarde y bueno, para que vamos a discurrir, le ponemos un 4 y pico y a correr, que la dieta de esta tarde la tenemos bien ganada.

Sí, apunto directamente a un tribunal incompetente, desconocedor del currículo, poco empático y hasta mal educado. La LOMCE acaba de implantarse y la he trabajado desde el minuto 1. En mi centro he llevado a cabo la plantilla de programación y todas las basadas en esta porquería de ley han pasado por mis manos. Mis compañeros y compañeras de centro me han copiado hasta las autoevaluaciones porque son incapaces de hilar 3 frases seguidas y yo, con toda mi buena intención, he programado por mi y por ellos y ellas, pensando, tonto de mi, que así aprendería, me formaría para mi profesión y para mi oposición, pero no fue así. He perdido meses de mi vida, dinero, esfuerzo y mucho, mucho que debería haber hecho y vivido, para que un sistema justo y un tribunal cacique se rían directamente a la cara de mi.

Soy interino de hace mucho tiempo. De esos que llaman “pata negra”. Estudié magisterio porque me gustaba, era mi vocación desde niño. Hoy en día no hubiera estudiado para maestro ni de broma. Pienso que aún no soy demasiado viejo para la guardia civil, pero no consigo hacer 20 flexiones seguidas. Esa es otra, mi estado físico ha empeorado. Llevo meses de casa al trabajo y luego dando el que yo llamo “el paseo triste” por mi barrio. La gente de por aquí debe pensar que estoy loco o que tengo problemas. Han visto durante semanas a un chico vestido con ropa deportiva despeinado, con barba de 4 o 5 días, sucio incluso en el vestir, dando paseos absurdos de ida y vuelta hacia ningún lugar, desde ninguna parte. Ese chico era yo, perdiéndome los primeros meses de mi hijo, al que mi mujer ha cuidado desde que nació mientras yo me ponía tapones en los oídos y cerraba la puerta de la habitación. Ese chico era yo, sabiendo que la plaza de los cojones era el obstáculo más grande para alguien que ve como en los centros donde trabaja la mitad de la gente no pega golpe. “No te levantes, que te van a pagar lo mismo”, me dijo una maestra con plaza este año el día en el que, con mis actividades, hice que mi centro se ahorrara muchos euros preparando el día del libro. He impreso ejercicios y fichas desde casa porque allí no hay ni para tinta de impresora y he instalado muchos paquetes de office y antivirus porque parece ser que era el único de mi centro que sabía hacerlo. He tirado de unos peques atrofiados y les he intentado abrir los ojos y la mente tras dos años de oscuridad en manos de la profesora de “No te levantes…”. He contado con el apoyo de las familias, que se que siguen mis progresos en las notas y que se van a llevar una gran decepción conmigo, porque quizá piensen que no he estudiado y porque saben que, ya es definitivo, el año que viene no volveré a ese centro donde han suprimido mi plaza como interino.

Lo de este curso comenzó en septiembre. Tengo una afición, qué más da cual, y un deporte en el que destaco, tampoco importa cuál es. En mi afición la gente con la que la compartía se ha enfadado conmigo porque en octubre dicen que les dejé tirados. Les pedí tiempo y que ellos organizaran lo que hasta entonces yo hacía porque acababa de ser padre y por ese niño quería sacar la plaza, para poder dedicarme con más fuerza a esa afición y a la crianza del pequeño. No lo entendieron. El proyecto común que teníamos se fue al garete, nadie quiso esforzarse, y este, es decir, yo, lo abandona todo para ponerse a estudiar otra vez, como hace dos, cuatro y seis años. Para nada. Habrá que ir a verlo otra vez a la biblioteca a hablar con él si queremos decirle algo…

En mi deporte abandoné campeonatos y aunque no soy un deportista de élite he participado en campeonatos de España, europeos y en diversos torneos donde al menos he disfrutado. El otro día, tras el examen, he ido a ver qué tal estaba de forma. Me doy pena, pero creédme, solo en ese sentido. Llevo la cabeza muy alta por lo que he hecho. Como decían al salir de la mili, uno ya no es el mismo que cuando entró. A mi cada proceso me cambia, no se si para mejor o peor, pero físicamente mi cuerpo lo nota con la inacción. Hoy he vuelto a hacer pesas y a correr un poco. En un mes y medio tengo un campeonato importante, espero que no se note este tiempo de parón.

Luego esta mierda de proceso. ¿Soy mejor maestro ahora? ¿He sido mejor durante el curso cuando en mi tiempo frente al ordenador, en vez de buscar juegos, actividades y retos nuevos para mi alumnado a lo que me dedicaba es a hacer absurdos cuadros de Word? ¿Mereció la pena que mi programación fuera totalmente original, interrelacionando aspectos del currículo con otros propios para que al final de mi exposición la presidenta del tribunal me preguntara una tontería que denota que no tiene ni idea de currículo? ¿No ves estos contenidos muy elevados para tu curso?- me dijo la muy ignorante. –Señora, léase la legislación, es inamovible, yo solo puedo meter mano en los objetivos didácticos- pensé yo, pero contesté con toda educación alucinando de que me estuviera preguntando eso de verdad. La secretaria del tribunal no paró de bostezar durante toda la exposición y luego, cuando cogí una ficha de una actividad y la mostré al tribunal al revés (fruto del nerviosismo, lo se, pero ese y poco más fue quizá mi gran error) lo que hizo esta estúpida es reírse, una risa que caía como ácido sulfúrico y venenoso, como esmegma pútrido y viscoso, como lava venenosa ardiente encima de meses y meses de preparación, de una ilusión por trabajar en lo que a mi me gusta, por intentar mostrar cómo la labor del maestro puede ser mejor. Una risa que resumía por completo mi último año, una tomadura de pelo integral que “Miss bostecitos” tampoco se molestó en disimular. Debía estar contenta ya que pronto cobrará la dieta (unos 2000 y pico euros por cabeza+sueldo con sus complementos + una extra de verano que apenas se ha gastado metida en la sede, cansadísima de evaluar, fijo).

Aún así salí contento de mi exposición, muy contento. Uno piensa que han de valorar la fluidez del discurso, la variedad, la originalidad y la interrelación de conceptos. Pero no. Sabe Dios lo que bostecitos y compañía deliberaron cuando yo me fui. No soy cristiano, pero recé. Esos días le di una oportunidad. Creo que no volveré a dársela. La puñalada por la espalda ha sido criminal, y en unos días vuelta a empezar. Desde que salió publicada la nota duermo 2 o 3 horas nada más. Me despierto por mi peque, pero luego no logro volver a dormir. Doy vueltas y más vueltas, y cuando sueño, dice mi mujer que visito el infierno dados los alaridos que pego. Me he metido demasiado esta vez, pienso, pero no era solo por mi, y es que desde el año pasado casi todo menos el nacimiento del peque y lo que era mi trabajo en sí, giró en torno a esta puta mierda de oposición.

Quizá lo que más me afecta es el volver a ser el último pringado de mi centro y al final el que más trabaja, el que más ganas le pone. Ayer y hoy he pensado lo de siempre… “A partir de ahora voy a ser un maestro gris, dedicado solo a mis obligaciones, nada de ayudar a nadie, nada de hacer cosas que nadie reconocerá”, me digo. En este trabajo todo se diluye, los críos en octubre, si los cruzo por la calle ya no me saludan o son fríos porque se sienten traicionados y abandonados. Vuelve profe, me decían, vuelve el año que viene y seguimos jugando y aprendiendo. El 19 de junio de este año, fin de curso,  lloré. Lloré ante mis niños, lloré ante sus padres y lloré por mi. Mi hijo está enorme y apenas le he visto crecer. Su madre, que no trabaja, se ha encargado de todo, y aunque le he explicado lo que ha pasado no puedo dejar de ver en su cara decepción. Solía tocar muy bien la guitarra, pero eso lo abandoné en la oposición de 2009, cuando deje el grupo de rock. No he vuelto a tocar. Después de no haber conseguido la putísima plaza me asquea el mundo y dejo de hacer cosas para siempre. Esta vez no, he vuelto a escribir, desde los últimos retoques al ordenador no había vuelto a coger un teclado. Me asquea mi trabajo, me asquea la baja ralea de mi tribunal, su poca empatía y falta de compañerismo. El de las notas más bajas de todo el proceso. Retrocederé en lista de interinos y soy el único sustento de mi mujer y mi hijo. A veces, lo confieso, he trabajado dando clases en negro y otras no las he cobrado porque no había dinero para pagarme. He ayudado a críos del barrio a tirar para adelante, pero eso no está en los criterios de evaluación. He llevado los deberes al bar de los padres de otro, pero eso no está en los criterios de evaluación. He escrito una obra de teatro original para la función de navidad en cada curso en el que he trabajado, pero eso no está en los criterios de evaluación. He estudiado una media de 9 horas al día en el último mes, julio, y no he llevado a mi hijo y a mi mujer a la piscina nada más que una vez. El mar está muy lejos y ya se verá después de la oposición. No iremos. No tengo nada claro el futuro a corto plazo, quizá ya ni sea el eterno interino opositor. Quizá mi futuro más lejano se sitúe en unas horas o días, cuando cuelguen esto en el blog.

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