De nada sirve la rabia

Amir Zamenhof. Málaga, julio de 2015

No era la primera vez que me ofrecía como víctima en el altar de sacrificio opositorial, ya había superado la prueba años antes, pero sin alcanzar el premio de la libertad. Cualquiera diría que siempre iba a ser así, pero esta vez sentía que era diferente, que tenía una pequeña oportunidad en aquellos Juegos del Hambre a los que algunos llaman Oposuicidas.

Las llamamos Oposuicidas porque una vez que superas la prueba si no logras la plaza te obligan a seguir presentándote una y otra vez como el famoso mito de Sísifo. Sientes que esos exámenes solo sirven para robarte algo de ti, algo íntimo y precioso como el tiempo que pasas con tus hijos, con tu familia o que dedicas a trabajar por tus alumnos. Dejas escurrir entre tus manos cada minúsculo y precioso grano de tiempo de tu particular e irremplazable reloj de arena. Un tesoro que sabes que inviertes en vano. Encadenados, así es como nos sentimos los docentes que habiendo aprobado la prueba tenemos que seguir presentándonos una y otra vez, frustrados al no poder aprender nuevos idiomas, al poder hacer ese máster, lanzarte a investigar y sacar adelante una tesis, al no poder en definitiva abrirnos a nuevos horizontes metodológicos o pedagógicos, porque estamos atados, prisioneros de un sistema ridículo y obsoleto que nos obliga a demostrar una y mil veces lo que ya hemos demostrado. Frustración, desesperación, impotencia, ira… incomprensión.

Pero aquella vez era diferente… Me había preparado hasta el límite de mis fuerzas, sin descuidar ni un solo detalle. Además tuve suerte en el bombo de la Plaza-Loto y me tocó un tema que pude bordar. Dos años antes los había dedicado a escribir… escribí varios libros porque en esa época las publicaciones sí que contaban. En total, le saqué los derechos de autor a seis manuales didácticos, eran en realidad una colección temática, idénticos en características. Pues bien, el tribunal tuvo a bien solo aceptar y reconocer cuatro de ellos. Pregunté a mi sindicato y me dijeron que reclamara sin dudarlo, que no tuviera miedo, si me habían aceptado cuatro y el resto eran de idénticas características, seguro que me aceptarían el resto. Yo tenía mis dudas porque ¿Y si les daba por anulármelos todos? Más vale pájaro en mano que ciento volando, pero, en fin, al fin y al cabo me lo recomendaba todo un Señor Sindicato y esos señores sabrían mucho más que yo. Finalmente reclamé. ¿Resultado? Me anularon todas las publicaciones. Sin ningún tipo de argumento. Cuando volví a mi sindicato, y les conté lo sucedido, nadie decía saber nada ni se hacía responsable de nada. Me di de baja de forma inmediata de aquel sindicato.

Llego a la encerrona, esa prueba humillante en la que te tratan como a un reo o un delincuente. Comienzo mi exposición y veo cómo el tribunal se queda boquiabierto, me felicitan, uno de ellos incluso me da la mano alegremente, y da por hecho que con la nota de mi examen conseguiré la plaza, al fin y al cabo es un buen año, el último de la moratoria. Otros dos murmuran algo… siento que sucede algo extraño pero no entiendo bien el qué…

Teniendo la tercera mejor nota de mi tribunal en el escrito, con las publicaciones tenía plaza fija, pero ahora que me las han retirado… dependo mucho de la nota que me pongan en el oral. Salen las notas y ¡¡sorpresa!! Me han puesto un seis y pico. Me quedo a una persona de coger plaza. Lágrimas, desesperación, nervios, impotencia… ganas de acabar con todo y arrojar la toalla. Reclamo.

Cuando me ven a los del tribunal se les cambia la cara, no son capaces de mirarme a la cara, el que me dio la mano sale avergonzado de la habitación, el resto no sabe muy bien donde mirar… Con toda la amabilidad del mundo le pregunto al presidente del tribunal que en qué me he equivocado para tener una nota tan baja… que no es normal. Y me dice lo siguiente:

“Verás chico… no pasa nada, lo has hecho genial y seguro que no te faltará el trabajo, en las próximas te las sacas fijo. Verás, es que yo ya me jubilo, y estuve de presidente en las pasadas oposiciones y he repetido también en éstas. Y en las pasadas me dio mucho coraje que solo se sacaran plaza los interinos, así que me dije que en las próximas iba a inflar las notas de los “no interinos”, y a los mejores de ellos les pondría un 10 para que tengan más posibilidades y a los que sean interinos se las rebajaría, porque ellos no tienen porblema para entrar a trabajar con todos esos puntos que tienen acumulados”.

No sé cómo no me morí en ese mismo instante, o como golpeé aquella máscara decrépita e insolente que me decía con total claridad que no había sido objetivo y que sencillamente se había erigido por encima de la ley, del bien y del mal para jugar con la vida de los demás y juzgar según su criterio quién debía y quién no tener la plaza. “No le iba a poner las cosas fáciles a los interinos” decía. Yo apenas llevaba 3 meses trabajando. La sensación… bueno, todos habéis pasado por situaciones parecidas… ira, depresión, frustración, rabia… ojalá ese hombre pague todo el mal que ha hecho, ojalá se arrepienta hasta el último día de su vida de su vil comportamiento e incluso en el más allá sufra por el resto de la eternidad. Yo jamás lo perdonaré. Pero la rabia, la ira, la depresión, la furia… no sirven de nada. Lo único que sirve es la lucha, luchar por un Nuevo Acceso a la Docencia basado en la NO Caducidad de notas y en el Acceso por Baremo de puntos, para poder liberarnos de nuestras cadenas, para abrir nuestras alas hacia nuevos horizontes y ser cada día mejores docentes, por nuestros alumnos, por la Educación. No podemos resignarnos más tiempo. Y aquí estoy día a día dejándomelo todo por esta propuesta, porque se trata ni más ni menos que de hacer JUSTICIA.

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